Cuando volvimos de El Bolsón estaba ansiosa pero odiaba la idea de tomar un micro. El viaje de ida fue horrible y aburrido. Lo más casual me resultó que dieran la misma película que habían pasado una semana atrás en un micro de otra empresa yendo a Rosario. Rosario es una ciudad muy curiosa, especialmente para una porteña. Para ir a Rosario habíamos viajado en los mismos asientos.
Empecé a leer un libro de y de un momento a otro estaba bien. Mientras leía, la chica del servicio del micro, una azafata rutera con uniforme impecable y todo, me ofreció un café y odio los cafés de micro pero lo acepté. La leche venía en polvo y no me dio nada para revolverla. Intenté distintas formas de hacer llover la leche sobre el café, con movimientos oscilatorios y eso, pero se hizo grande la islita de leche en polvo. El café quedó igualmente feo y yo balanceaba el vasito de telgopol con círculos para cumplir la satisfacción de disolución sin éxito. Igual lo tomé. Pensé en un compañero de laburo que me convidó flores cuando estabamos en un hotel perdido en San Diego y que hizo un comentario que no recuerdo. Lo que sí recuerdo es que sentí que ese comentario era algo que hubiéramos dicho yo o cualquier amigo.
En un momento en el vaso ya me quedaba poco y la leche no disuelta toda aglutinada había formado un grumo deforme, gigante; parecía un chicle de menta ya comido que no podía parar de mirar, después, también, una piedra lunar.
Resulta que un sólo libro es muy poco para un viaje de 24hs.
Lejos, en la tele empotrada adelante de todo, veo una película muy yanki con naves espaciales y todo. Las montañas se van poniendo más secas y llanas a medida que subimos por la 231 a Neuquén.
Hace una semana que no hablo inglés y se siente lindo. De todos modos casi invento una excusa para charlarle a un canadiense en Bariloche. Llevaba un parche, decía: obssessed with mountains. Obsesionado con la montaña, con un dibujito de camino sinuoso. Tenía montañas y escudos tatuados por todo el cuerpo. Parecía un douche bag, un douche curioso.
Se me tapan y destapan los oídos con la altura. Se siente medio como gusanitos en a cabeza que se mueven apenitas. Un poquito jugoso y también algo del vacío. Me parece extraño que esta ruta sea tan angosta. Me gusta mirar los caminos que se abren a la montaña. Es de día pero apagaron las luces adentro para que la gente duerma la siesta.
Luego, cuando la ruta ya es tiene dos carriles, pasan los camiones por la izquireda, el oeste, y como es el atardecer todo el micro se pone oscuro.