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escribo estas palabras desde un editor de texto plano

martes, 25 de febrero de 2020

las uñas



me enojo porque la computadora tarda tanto en arrancar que se me emulsionan las ideas. una pasta grasosa y pareja. no me sirve. al teclado de mi compu le falla la letra m. no siempre funciona. hay que darle con fuerza y estar atento. sin embargo la pongo en todas mis contraseñas.
me corto las uñas cuando no puedo aguantarlas más. hasta que lo hago, aborrezco la idea, la niego en mi mente, como si pudiera detener así el paso del tiempo y hacer que no crezcan. accedo cuando ya no puedo hacer cosas. siento que me raspo cuando me hago la paja. siempre fueron un problema mis uñas pero para bien. creo que tengo las manos idénticas a mi abuela. aunque nunca le vi las manos de joven, se nota. unas unas uñas ejemplares, que crecen solas, no se rompen. la gente dice 'signo de buena salud' y yo no les discuto porque explicarles sería aceptar. mis tías y mi prima las envidian. eso y que me pongo ‘dorada, caribeña’ cuando tomo sol. me acuerdo una de las primeras veces que me di cuenta que era cierto lo de las uñas, estaba con vos, me mirabas siempre que iba a tu casa ponerme esmalte transparente con brillitos una vez ya pintadas, me gustaba dejarlo para el final en serio, esperaba unas horas, sentía que el color estaba bien asentado. lo hacía en cualquier lado, lo de los brillitos. me las cuidaba hipócritamente, como tantas cosas; en realidad lo que buscaba era un marco para justificar un comportamiento obsesivo, de acumuladora. compraba esmaltes compulsivamente. fui sumando cosas que me apalanquen. puse un estante en la pieza para apoyarlos. los miraba, me daba placer descubrir y confirmar el color. había cuestiones absurdas, caprichosas, las justificaba con algún tipo de fascinación. ocho tonos de celeste distintos. un sólo naranja espantoso, como para recordar que odio ese color. otras observaciones: un gran componente aspiracional en tener la colección. significaría que los usaba, que merecía esa cantidad desquiciada de potecitos de pintura, los hacía valer. y sabía esperar quieta, que estaba dispuesta a invertir tiempo a cambio de belleza. pero era mentira.
para dejarme ir en la satisfacción espontánea del consumo y posterior contemplación cuando superé cierto número -cincuenta?- inventé una justificación que he visto que la gente usa para otras cosas como joyas o ceniceros o incluso la mamá de una compañera que colecciona arcas, como la de Noé, lo dijo: me recuerda al lugar donde lo compré. como si fuera un souvenir de un momento grato. mis momentos: el farmacity de callao al lado de un disco la tarde que lloré volviendo del trabajo. un local en el barrio chino. farmacity cerca del trabajo el día que fantaseé que podía tomar suficiente sol hasta ser dorado refinado y ser invitada a una boda en la playa donde todos visten casi blanco y compré un tono mega clarito. un shopping fallabella donde imaginé que me pintaba color sugus confitados. la farmacia azul que no existe más donde conseguí un esmalte caro por un quinto de su valor. los que me trajo Pablo del free shop cuando se fue de viaje al sudeste asiático. los que compré con vos porque hacia calor y farmacity de boedo tenía aire acondicionado. casi todos momentos blancos, inertes, con carteles con precios y olor a farmacia o a plástico, a shopping.
vos querías pero te molestaba a la vez, mi superficialidad. me dijiste ‘ojalá pudiera pintármelas como vos pero mirá lo que es esto’ vi tus manos. dedos cortitos, flacos, palma ancha. uñas diminutas, como un niñito. como si te las comieras pero sabiendo que no te las comés. te dije que no importaba, que te las arreglaba. te pinté, te puse brillitos, fue difícil, esas uñas ínfimas. hasta te puse el esmalte transparente fortalecedor. al final lucía ridículo.



ahora me hago las manos como si estuviera haciendo fuego con dos piedritas. bruta. ya no me las pinto. guardo algo de la colección en el baño, por si un día me dan ganas, elegí los más exóticos y algunos seguros. de nuevo un criterio errático. el resto en una caja, los separé para regalarlos pero apenas regalé 7 u 8. el resto hago como que no existen. otra compulsión: negar. tan difícil decir que sí, como si el no fuera siempre más real. intento arreglar los bordes mordidos del alicate con una lima, sin paciencia. nunca supe limarme las uñas, sé que hay gente que sabe, sé que seguro lo hago mal y eso lo supongo por lo mucho que tardo también con esto en desastillar lo que astillo.

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